Vicente Pastor Delgado: Adiós a un amor imposible
- Juan Martínez
- 7 jun 2023
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 6 sept 2023
El último beso
Vicente Pastor Delgado era un joven escritor que soñaba con publicar su primera novela. Había dedicado años de su vida a escribir una historia de amor y aventuras ambientada en la China del siglo XIX, inspirada por su abuelo materno, que había nacido en Shanghái1. Vicente había investigado mucho sobre la cultura, la historia y la geografía de aquel país, y había creado unos personajes fascinantes y complejos. Su protagonista se llamaba Liang, un rebelde que luchaba contra el imperio Qing y que se enamoraba de una bella princesa manchú llamada Mei.

Vicente estaba convencido de que su novela era una obra maestra, pero no conseguía que ninguna editorial se interesara por ella. Había enviado su manuscrito a decenas de editoriales, pero solo recibía cartas de rechazo o silencio. Vicente se sentía frustrado y decepcionado, y empezaba a perder la fe en su talento y en su sueño.
Un día, recibió una llamada de una voz femenina que le dijo que era la editora de una prestigiosa editorial y que quería publicar su novela. Vicente no podía creerlo. Pensó que era una broma o un error, pero la voz le aseguró que había leído su novela y que le había encantado. Le dijo que se llamaba Laura y que quería conocerlo personalmente para hablar de los detalles del contrato.
Vicente quedó con Laura en un café cerca de su casa. Cuando la vio entrar por la puerta, se quedó sin aliento. Era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Tenía el pelo negro y largo, los ojos verdes y una sonrisa cautivadora. Vestía con elegancia y distinción, y llevaba un bolso de piel y unos zapatos de tacón. Vicente se sintió nervioso e intimidado. ¿Cómo podía una mujer como ella interesarse por su novela y por él?
Laura se acercó a la mesa donde estaba Vicente y le tendió la mano. Vicente se levantó y se la estrechó con timidez. Laura le dijo que estaba encantada de conocerlo y que le agradecía haber aceptado su invitación. Vicente balbuceó unas palabras de agradecimiento y le ofreció un asiento. Laura se sentó frente a él y le miró con interés.
Vicente, quiero felicitarte por tu novela. Es una obra extraordinaria. Tiene todo lo que un buen libro debe tener: intriga, acción, romance, historia, cultura… Me ha impresionado mucho tu capacidad para recrear el ambiente de la China del siglo XIX y para dar vida a unos personajes tan reales y humanos. Has logrado crear una historia que atrapa al lector desde la primera página hasta la última.
Muchas gracias, Laura. No sabes lo que significa para mí oír eso de ti. Llevo mucho tiempo intentando publicar mi novela, pero nadie me hacía caso. Pensé que nunca lo conseguiría.
Pues has tenido suerte de que yo leyera tu manuscrito. Me llegó por casualidad, entre tantos otros que recibo cada día. Pero algo me llamó la atención: el título. “El dragón de las flores”. Me pareció muy sugerente y original. Así que decidí leerlo, y me quedé fascinada.
Me alegro mucho de que te gustara el título. Es una metáfora del amor entre Liang y Mei.
Lo sé. Y me parece preciosa.
Laura le sonrió con dulzura y le cogió la mano.
Vicente, quiero publicar tu novela cuanto antes. Creo que tiene mucho potencial y que puede ser un éxito de ventas. Te ofrezco un contrato muy ventajoso: un buen adelanto, un alto porcentaje de royalties y una fuerte campaña de promoción.
¿En serio? ¿No es una broma?
No, Vicente. No es una broma. Es una oferta seria y firme. Solo tienes que decirme que sí.
Vicente no podía creer lo que estaba oyendo. Era el sueño de su vida hecho realidad. Tenía ante sí la oportunidad de publicar su novela con una gran editorial y de ganar dinero y fama con su escritura. Y además, tenía frente a él a una mujer increíble que le miraba con admiración y afecto. ¿Qué más podía pedir?
Sí, Laura. Sí quiero publicar mi novela contigo.
Me alegro mucho, Vicente. Has tomado la decisión correcta.
Laura se levantó y le abrazó. Vicente la rodeó con sus brazos y sintió el calor de su cuerpo y el aroma de su perfume. Laura le besó en la mejilla y luego en los labios. Vicente se dejó llevar por el beso y le respondió con pasión. Laura le susurró al oído:
Vicente, me gustas mucho. ¿Quieres venir conmigo a mi casa?
Vicente no lo dudó ni un segundo.
Sí, Laura. Sí quiero ir contigo a tu casa.
Laura le cogió de la mano y le guió hacia la salida del café. Vicente se sintió el hombre más feliz del mundo.
Lo que Vicente no sabía era que Laura no era una editora, sino una estafadora profesional. Su verdadero nombre era Elena, y se dedicaba a engañar a escritores novatos para sacarles dinero y aprovecharse de ellos. Había leído la novela de Vicente y le había parecido mediocre y aburrida, pero había visto en él una víctima fácil: un joven iluso y solitario que ansiaba publicar su obra y que se dejaría seducir por sus halagos y sus encantos.
Elena tenía planeado llevar a Vicente a su casa, donde le haría firmar un contrato falso en el que le cedería todos los derechos de su novela a cambio de un cheque sin fondos. Luego le haría el amor y le dejaría dormido en su cama, mientras ella escapaba con el manuscrito y el cheque. Después vendería la novela a una editorial de segunda categoría por una suma irrisoria, y se quedaría con el dinero.
Elena había hecho lo mismo con otros escritores antes, y siempre le había salido bien. No sentía ningún remordimiento ni compasión por sus víctimas. Para ella, eran solo unos tontos que se merecían lo que les pasaba por ser tan ingenuos y ambiciosos.
Pero esta vez, algo salió mal.
Cuando llegaron a la casa de Elena, ella le invitó a pasar al salón, donde tenía preparado el contrato y el cheque sobre la mesa. Le dijo que lo leyera con atención y que lo firmara si estaba de acuerdo. Vicente cogió el contrato y empezó a leerlo por encima, sin prestar mucha atención a las cláusulas. Estaba tan emocionado y enamorado que solo quería acabar cuanto antes con el trámite y volver a besar a Elena.
Pero entonces, algo llamó su atención. En una de las páginas del contrato, vio un nombre que le resultó familiar: Liang.
Liang era el nombre del protagonista de su novela, pero también era el nombre de su abuelo materno, el hombre que le había inspirado para escribir su historia.
Vicente sintió una punzada en el corazón. Recordó las historias que su abuelo le contaba cuando era niño, sobre su vida en China, sus aventuras, sus amores, sus sueños… Recordó cómo su abuelo le había enseñado a leer y a escribir en chino, cómo le había regalado libros y mapas, cómo le había transmitido su pasión por la literatura y la cultura oriental… Recordó cómo su abuelo había muerto cuando él tenía diez años, dejándole como único legado un colgante con un dragón tallado en jade.
Vicente se dio cuenta de que su novela no era solo una obra de ficción, sino un homenaje a su abuelo, un tributo a su memoria, un regalo de amor.
Y se dio cuenta también de que Elena no era quien decía ser, sino una impostora que quería robarle su novela, su sueño y su alma.
Vicente levantó la vista del contrato y miró a Elena con incredulidad.
¿Qué es esto? -preguntó.
¿Qué pasa? -dijo Elena, fingiendo sorpresa.
Aquí dice que yo te cedo todos los derechos de mi novela, incluyendo los de autoría. ¿Estás loca?
No, Vicente. No estoy loca. Estoy siendo muy generosa contigo. Te estoy dando la oportunidad de publicar tu novela con una gran editorial y de recibir un buen adelanto. ¿Qué más quieres?
Quiero que me respetes como escritor y como persona. Quiero que reconozcas mi trabajo y mi talento. Quiero que me devuelvas mi manuscrito y que te largues de mi vida.
Vicente, no seas tonto. No sabes lo que estás haciendo. Esta es tu única oportunidad de triunfar como escritor. Si rechazas mi oferta, nadie más se interesará por tu novela. Te quedarás en el olvido.
Prefiero quedarme en el olvido que venderte mi alma. Eres una estafadora y una mentirosa. No eres una editora, sino una ladrona.
Vicente, cálmate. No tienes por qué enfadarte. Podemos negociar las condiciones del contrato. Podemos llegar a un acuerdo.
No hay nada que negociar ni que acordar. Quiero que te vayas ahora mismo y que me dejes en paz.
Vicente se levantó y cogió su manuscrito de la mesa. Elena intentó detenerlo, pero él la apartó con un empujón.
¡Suéltame! ¡Déjame ir!
¡No! ¡No puedes irte así! ¡Te arrepentirás!
Elena se lanzó sobre él y le arañó la cara. Vicente gritó de dolor y le dio un puñetazo en el estómago. Elena cayó al suelo y se retorció de dolor.
Vicente aprovechó para salir corriendo de la casa, con su manuscrito en la mano. Elena se levantó como pudo y fue tras él.
¡Vuelve aquí! ¡No te escaparás!
Elena salió a la calle y vio a Vicente subirse a un taxi que pasaba por allí. Le gritó al conductor que se detuviera, pero el taxi arrancó y se alejó.
Elena se quedó sola en la acera, furiosa y frustrada.
¡Maldito seas, Vicente! ¡Maldito seas!
Vicente llegó a su casa y cerró la puerta con llave. Se sentó en el sofá y respiró aliviado. Había escapado por poco de una trampa mortal.
Miró su manuscrito y lo abrazó con cariño. Era su novela, su sueño, su homenaje a su abuelo.
Se prometió a sí mismo que nunca más volvería a confiar en nadie que le ofreciera publicar su novela sin conocerlo ni valorarlo.
Se prometió a sí mismo que seguiría escribiendo por amor al arte y no por dinero o fama.
Se prometió a sí mismo que algún día encontraría a alguien que apreciara su novela y su persona.
Y se prometió a sí mismo que nunca olvidaría el último beso de Elena, el beso más amargo y traicionero de su vida.
FIN

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